Curso de Filosofía elemental (8)

 FILOSOFIA NATURAL
 
 
 
 
 
VIII
 
El espacio
 
 
 
43. EL ESPACIO. NOCIÓN VULGAR DEL MISMO
 
  El hombre percibe espontáneamente el mundo de su experiencia como un conjunto de cuerpos –montes, casas, árboles…– situados en un espacio, que es para él a modo de un inmenso receptáculo vacío que los alberga y sitúa.
  La realidad física –los cuerpos– se presentan también a la percepción del hombre como en cambio, en movimiento; y la sucesión en que se ofrece este cambio engendra en él la noción de tiempo. Espacio y tiempo son las dos condiciones en que se ofrecen a laexperiencia del hombre el ser móvil –la realidad física–, ese mundo de cosas con el que entra en contacto a través de sus sentidos.
  Cabe, sin embargo, preguntar: ¿qué es el espacio, ese lugar general de los cuerpos que interpretamos espontáneamente como un inmenso receptáculo en el que están las cosas, y nosotros entre ellas? Ha habido, a lo largo de la historia del pensamiento, diversas concepciones del espacio, es decir, de qué clase de realidad sea la suya.
 
 
44. EL ESPACIO ABSOLUTO DE LA MECÁNICA CLÁSICA
 
  En la concepción antigua y medieval del mundo (antes del Renacimiento), el universo se interpretaba como un conjunto de lugares fijos y determinados por relación a los cuales se situaba lo demás: la Tierra como centro del cosmos, el Sol y los planetas girando en torno a ella con órbitas circulares (por ser la circunferencia la figura perfecta) y, como fondo, las estrellas fijas en la más externa de las esferas celestes. El espacio era, para esta concepción, un orden de las cosas por referencia a esos puntos. Esta imagen del Universo fue tachada más tarde de antropomórfica, puesto que se construía de acuerdo con la visión espontánea del hombre (a su medida) y colocándose éste en el centro de cuanto es. Tenía, sin embargo, un fondo de inspiración religiosa, puesto que se suponía en ella que el hombre como microcrosmos (compendio del cosmos) y criatura hecha a imagen de Dios, había de estar en el centro de la creación, y los cuerpos celestes moverse en torno a él con el orden y la perfección que la mente atribuía a la obra de Dios.
  Esta concepción –que es la de Ptolomeo– se ve impugnada en el Renacimiento por COPÉRNICO (que reconoce definitivamente al Sol el puesto que se otorgaba a la Tierra), y más tarde por GALILEO. Pero será Giordano Bruno (1548-1600) quien dará forma filosófica a esta nueva visión de la realidad cósmica sosteniendo que el espacio no es un recinto sobre puntos fijos, inmóviles, sino un ámbito infinito. La Tierra es no más que un minúsculo planeta perdido en este inmenso ámbito; el espacio absoluto, sin límites, y homogéneo, como inmenso receptáculo de una naturaleza quizá también ilimitada. ISAAC NEWTON, más tarde contribuirá a asentar la teoría del espacio absoluto tomándola como base de su concepción mecánica.
  El sistema de coordenadas cartesianas –puntos teóricos de referencia– servirá para situar matemáticamente los cuerpos en este espacio absoluto, y por relación al mismo podrá atribuirse a los cuerpos dimensiones absolutas: un cuerpo de doble longitud que otro es el que se extiende en un lugar del espacio absoluto doblemente largo que el ocupado por el primero.
  La teoría del espacio absoluto aparece así por primera vez como tal teoría en el Renacimiento, y dura hasta nuestro siglo, en el que ha sufrido un golpe definitivo por parte de la teoría de la relatividad.
 
45. EL ESPACIO COMO FORMA DE LA SENSIBILIDAD EN KANT
 
  Manuel KANT (1724-1804) fue el más famoso e influyente de los filósofos alemanes modernos. Su sistema, llamado formalismo o idealismo trascendental, varió radicalmente las ideas ontológicas de su época y contiene una noción muy particular del espacio y también del tiempo.
  Según Kant, todos poseemos espontáneamente las nociones de espacio y tiempo. Así hablamos de que una cosa está encima o debajo, a derecha o izquierda, a más o menos distancia de otra –lo que son determinaciones espaciales–; o que un hecho sucedió antes o después, más o menos tarde que otro –lo que son determinaciones temporales–. Sin embargo, aunque todos poseemos estas nociones, y en ellas vivimos y somos, nos sería muy difícil contestar a qué es el espacio y qué es el tiempo. Tratemos de imaginar que no existen cosas: pensamos entonces en los espacios siderales más allá de los límites de la creación, o en lo que había antes de existir ésta: podemos suponer que eso es el espacio; pero, en realidad, viene a ser la nada; el espacio, sin las cosas que hay en él, es… nada; se nos disuelve entre las manos. Supongamos el tiempo sin los acontecimientos que en él se suceden…; la nada también.
  ¿Qué son, pues, el espacio y el tiempo? A esto responde Kant: <<El espacio y el tiempo no son realidades en sí, sino formas, formas de nuestra sensibilidad o facultad de poseer sensaciones.>>
  Para entender a Kant es preciso comprender lo que entiende por forma, que es algo enteremente distinto de lo que esa palabra significaba en Aristóteles y Santo Tomás (véase núm 57). Forma se opone, en Kant, a contenido. El agua, por ejemplo, decimos que es un contenido, algo que adopta la forma del recipiente; en sí misma, vacía, no es nada; pero todo lo que en el recipiente se introduzca adoptará su contorno o figura. Este es el sentido de forma en Kant. Aplicado a la cuestión, quiere decir que el espacio y el tiempo no son nada que exista fuera del sujeto cognoscente, sino formas de la facultad de conocer, de poseer sensaciones. Nuestas sensaciones se ordenan espacial y temporalmente, porque esas son las formas de nuestra sensibilidad y sólo en ellas se convierten en objeto de conocimiento.
  Lo exterior a mí, la cosa en sí (el nóumeno), es, según Kant, incognoscible como tal. El mundo exterior envía al sujeto lo que Kant llama un caos de sensaciones, es decir, un conjunto desordenado, informe, caótico, de sensaciones. Estas, al ser recibidas por mi sensibilidad, se ordenan en esos moldes o formas de espacio y tiempo, y de tal inserción ordenadora resulta el conocimiento fenoménico (de fainomenon, lo que aparece), que es el único posible para el hombre. Las sensaciones exteriores se ordenan espacialmente: una cosa que veo, por ejemplo, está delante, detrás, encima, debajo, de las que la rodean. La sensiblidad interior, en cambio, se ordena temporalmente: un recuerdo que poseo, por ejemplo, no se halla debajo o detrás de una idea o imagen, sino antes o después, en el hilo de mi vida interior. Espacio y tiempo son así los dos grandes moldes o casilleros —formas— que condicionan la sensibilidad o facultad de captar sensaciones.
 
 
46. NUEVA NOCIÓN DEL ESPACIO EN LA TEORÍA DE LA RELATIVIDAD
 
  Una nueva noción del espacio ha resultado de los descubrimientos físicos del pasado siglo, y ha sido expuesta, bajo el nombre de teoría de la relatividad, por Alberto EINSTEIN.
  Esta teoría abandona la noción de un espacio absoluto y vuelve a hacerlo relativo a los cuerpos que forman el Universo y a su estado cinético. El espacio, según ella, es el conjunto mismo de los cuerpos en tanto se relacionan y se mueven relativamente. Por ello, el espacio es finito. Pero es ilimitado, es decir, que nunca llegaremos en él a un límite. Por lo mismo, el espacio es curvo; un corpúsculo que viajase en línea recta volvería al punto de partida. Teóricamente podríamos ver por la otra cara la pared que tenemos enfrente volviéndonos de espaldas a ella.
 
  La teoría de la relatividad ha revolucionado la física contemporánea y posee también un indudable alcance filosófico. El espacio y el tiempo absolutos de la mecánica clásica eran una concepción de inspiración racionalista (e idealista) cuya más adecuada fundamentación había sido el sistema kantiano, que los reducía a formas de sensibilidad. La teoría de la relatividad va a acercar nuestra concepción del espacio y del tiempo a la antigua idea aristotélica de un espacio implicado por los cuerpos y un tiempo relativo al movimiento de lo que existe.
  La teoría de Einstein va a considerar que el espacio (longitudes y distancias) no es una realidad absoluta que cada cuerpo o cada espacio vacío tenga en sí mismo con independencia de lo demás y del sujeto que lo mide. No puede decirse, por ejmplo, que un cuerpo mida diez metros absolutamente, esto es, en sí mismo, separadamente de toda relación con los demás cuerpos, sino que esta longitud será relativa a su velocidad y al estado cinético del sujeto que hace la medida.
  El fundamento de la teoría de la relatividad estuvo en un hecho anómalo para la mecánica clásica y de difícil explicación: la constancia de la velocidad de la luz (constancia respecto al observador instalado en un cuerpo que se mueve). Este hecho fue establecido por el famoso experimento de MORLEY-MICHELSON. Pretendieron estos físicos medir cuánto tiempo más tardaba en llegar la luz del Sol cuando la Tierra se aleja de él que cuando se acerca, y encontraron que tarda lo mismo; el experimento resultó negativo.
  Un físico –LORENZ– recurrió, para explicar este extraño hehco, a una hipótesis de circunstancias a la que ha sido imposible encontrar fundamente real; según ella, los cuerpos, al moverse (en el éter), se contraen o reducen en la dirección del movimiento (contracción de Lorenz). Así, cuando la Tierra avanza hacia el Sol se contraería lo necesario para explicar que el rayo de luz tarde lo mismo que cuando se suponía fija.
  Einstein dio otra explicación que entraña precisamente la teoría de la relatividad. Según ella, la noción de un espacio y un tiempo absolutos que mantenía la mecánica clásica es irreal, porque la realidad universal se halla siempre en movimiento, y el espacio y el tiempo son relativos al estado cinético de los cuerpos. El espacio es, en rigor, cuatridimensional, supuesto que ha de añadirse a su longitud, anchura y profundidad el tiempo como medida del movimiento. Tiempo y longitud dependen, por lo tanto, de la veloidad (son diferentes en un sistema de reposo y en uno de movimiento), no son magnitudes absolutas. A mayor velocidad, el tiempo discurre más lentamente y las medidas longitudinales se acortan. Por otra parte, en el espacio real de cuerpos y campos gravitatorios diversos no se da una trayectoria en línea recta (la propagación de la luz, por ejemplo) como se daría en un espacio teórico sin cuerpos. Cualquier trayectoria física se somete a la curvatura del espacio real y acaba por cerrarse sobre sí misma. Ello demuestra que el espacio, relativo a los cuerpos que en él existen y a su estado cinético, no es infinito ni absoluto, sino finito y curvo.
 
 
47. ESPACIO Y CUERPOS. EXISTENCIA ESPACIAL DE LOS CUERPOS
 
  Para la filosofía aristotélica, y con ella para una gran corriente de pensamiento que a través de la escolástica llega hasta nuestros días, el espacio no es una realidad absoluta, como para la mecánica clásica, ni tampoco una forma de la sensibilidad, como para Kant. Es algo real, pero una realidad radicada en los cuerpos que forman el Universo. No se trata de una sustancia independiente, sino de un accidente o propiedad de los cuerpos.
  Según esta concepción, entendemos por espacio las dimensiones continuas del mundo material según las relaciones mutuas de distancia entre los cuerpos que ocupan un lugar determinado. Al tratarse de cuerpos reales, cuyo conjunto forma un sistema de relaciones determinado, el espacio real que ellos forman es también limitado, determinado. Más allá de este espacio real nuestro pensamiento concibe un espacio posible (que coincide con el espacio conceptual o geométrico), resultante de los cuerpos cuya existencia puede suponerse; y, en fin, prescindiendo por abstracción de los cuerpos reales y de sus relaciones de posición y distancia, la mente se representa un espacio imaginario, absoluto, a modo de recipiente general de cuanto exista o pueda existir; pero esto constituye sólo un ente de razón sin ninguna existencia real.
 
  El espacio implica a los cuerpos, y éstos implican al espacio. No es, por tanto, legítimo disociarlos como si fuesen realidades que puedan existir independientemente –primero, el espacio, y después, en él, los cuerpos–. Constituyen una misma realidad, si bien mentalmente establecemos una disociación para organizar conceptos matemáticos.
 
 
48. LA PERCEPCIÓN DEL ESPACIO(*)
 
  Problema distinto a éste de la naturaleza real del espacio, y del concepto que formamos de él mediante el razonamiento o la abstracción, es el de la percepción o vivencia concreta del espacio en nuestra experiencia de los sentidos. El primero es un problema de filosofía de la naturaleza (cosmología), al paso que éste segundo es un problema psicológico.
  A la percepción del espacio contribuyen, ante todo, el tacto y la vista en los primeros meses de la infancia. La experiencia tactil sobre las dimensiones de los cuerpos y las distancias entre ellos se adecúa, poco a poco, con la visual y se corrobora con sensaciones auditivas de cercanía o de alejamiento. El hábito, en fin, fija o consolida esta percepción espacial, que se acomoda así insesiblemente a la acción, una vez pasada la primera infancia.
 

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