Curso de Filosofía elemental (9)

IX
 
 
 
El tiempo
 
 
 
49. EL TIEMPO. NOCIÓN VULGAR DEL MISMO
 
  El mundo –lo hemos visto– se ofrece a la experiencia del hombre como un conjunto de cuerpos situados en el espacio, pero también como una realidad en movimiento, en cambio. La percepción de estas mutaciones de las cosas, la sucesión y la duración de las mismas, nos sugiere la noción de tiempo. La experiencia interna confirma esta percepción temporal. Nosotros mismos, como partes del ente móvil, tenemos un ser cambiante, sucesivo, temporal. Los tres momentos de la percepción temporal, presente, pasado y futuro, surgen de la propia experiencia interna.
  El hombre, en consecuencia, maneja constantemente nociones temporales: antes, después, simultáneamente, etc. Sin embargo, le es difícil definir lo que el tiempo sea en sí mismo considerado. Como escribió SAN AGUSTÍN en frase célebre: <<¿Qué es, Señor, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo, no sé hacerlo.>>
 
 
50. EL TIEMPO ABSOLUTO DEL RACIONALISMO
 
  La mecánica clásica, que tiene su origen en el Renacimiento, ve en el tiempo, como en el espacio, una medida absoluta y continua en cuyo seno se desarrollan los acontecimientos, los cambios sucesivos de las cosas. Para NEWTON, por ejemplo, el tiempo absoluto transcurre uniformemente en sí mismo: es aquello en lo cual los movimientos están como sumergidos y por lo que los medimos de una manera objetiva y real.
 
 
51. EL TIEMPO-FORMA DEL KANTISMO
 
  Henri BERGSON (1859-1941) fue un filósofo francés, judío de raza, a quien la profundización en el pensamiento filosófico llevó hasta las puertas de la fe cristiana.
  Bergson distingue dos modos diferentes de durar los seres, dos distintas temporalidades. Una es la duración exterior del mundo de los cuerpos, en la que el tiempo es un mero espectador que no penetra en su realidad. Una sustancia química, por ejemplo, si se halla en debidas condiciones de conservación, no varía con el tiempo. Si, de todos modos, lo hace, podemos decir, en sentido figurado, que ha envejecido; pero, en realidad, sólo se ha operado en ella un proceso químico que podría (al menos teóricamente) revertir; es decir, someterse a un proceso inverso y retornar, sin variación alguna, al estado primitivo. Si no hubiera un ser consciente que contemple estos hechos del mundo material no podría decirse que en él existiera tiempo, sino sólo coexistencia y sucesión de realidades de suyo atemporales.
  Cosa muy distinta acontence en la vida interior, espiritual, en la duración que constituye la vida de cada uno. Aquí no es posible retornar a situaciones pasadas. El avance temporal y el paso del presente a pasado es un hecho radical, insuperable. El tiempo psicológico es irreversible. Soñamos, a veces, con volver a situaciones pasadas, con recomenzar la vida; pero, aunque todas las circunstancias exteriores –sitio, compañía, ocupación– se reunieran una vez para colocarnos en el ambiente pasado que añorábamos, pronto comprenderíamos que ni nosotros ni los que nos rodean somos ya los mismos. El tiempo no ha sido para nosotros espectador de unos procesos reversibles, sino que ha constituido, en cierto modo, nuestra propia sustancia, la trama misma de nuestro ser. En cada momento de nuestra vida gravita todo el pasado, de forma que el momento presente es una especie de condensación de la vida anterior, y el yo que en él actúa, un producto de la experiencia pasada.
  Este modo de durar –acumulativo e irreversible– no es íntimamente conocido, porque es la propia duración de nuestro ser.
  El tiempo es así, para Bergson, duración de algo que cambia, y ese algo es la conciencia, la vida interior del sujeto psíquico, para quien el tiempo tiene un carácter radical o, lo que es lo mismo, posee un ser de naturaleza temporal (irreversible y acumulativa). Es el sujeto psíquico quien introduce la noción de tiempo en un universo material en el que hay sólo sucesión o coexistencia de fenómenos atemporales.
 
 
53. EL TIEMPO COMO MODO DE EXISTIR SUCESIVO
 
  Del mismo modo que para ARISTÓTELES no había espacio sin cuerpos extensos, así tampoco hay tiempo sin acontecimientos, es decir, sin seres en movimiento, cambiantes. El tiempo es el movimiento continuo de las cosas en cuanto medido por un entendendimiento. La definición aristotélica del tiempo es: número del movimiento según un antes y un después (numerus motus secundum prius et posterius).
 
  El tiempo, según Aristóteles, es algo así como la coordinación de todos los movimientos particulares del mundo corpóreo, en tanto que tienen partes simultáneas, apreciables en su simultaneidad con el sujeto que las contempla. Por ello el tiempo es exterior a cada movimiento, pues supone la comparación con otros movimientos. El tiempo aristotélico supone la coincidencia de los movimientos corpóreos en ser un conjunto de partes que van desapareciendo: o sea, en la sucesión. El tiempo aristotélico supone un mundo que dura, pero que dura sucesivamente. En un conjunto de cuerpos que duran sucesivamente cabe establecer relaciones de medida entre sus partes, según el antes y el después; esto dará lugar al tiempo métrico. Pero si, por hipótesis, el mundo se aniquilase y surgiese otro nuevo, no podría medirse el intervalo entre ambos y contarlo en horas, minutos, etc. Habría desaparecido la estructura métrica del tiempo al desaparecer el movimiento de referencia.
 
  La estimación o medida objetiva del tiempo viene dada por las medidas regulares que resultan del movimiento de los astros (del Sol y de la Luna en su relación con la Tierra), y, para períodos menores, por el movimiento rítmico de aparatos de desarrollo preciso, como los relojes.
  Prescindiendo de las cosas reales que se mueven o duran, el espíritu forja la noción de tiempo abstracto o imaginario, concebido como absoluto, regular e infinito; pero este tiempo, aunque resulte útil como supuesto para cálculos matemáticos y científicos, es sólo un ente de razón.
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