Curso de Filosofía elemental (19)

XIX
 
La causa primera
 
 
 
98. DEMOSTRABILIDAD DE LA EXISTENCIA DE DIOS
 
   Las causas eficientes que obran en la naturaleza, si bien actúan o causan de una manera real o efectiva, dependen, sin embargo, de otra causa para ser y para obrar. Así, por ejemplo, el crecimiento de las cosechas depende (en parte) de las lluvias caídas sobre los campos; éstas, de la formación de las nubes; éstas, de la consensación del vapor, el cual procede de la evaporación de los mares, etc. Esto nos revela que todas las causas que actúan en el mundo tienen el carácter de causas segundas, es decir, de causas causadas, y que todas las cosas que obran son contingentes (o no tienen en sí mismas la causa de su ser).
   Es preciso entonces buscar una Causa Primera, causa de sí misma, que explique el ser de cuanto es y la actuación de todas las causas segundas que en sucesión o en simultaneidad obran en el mundo.
   Si lo que conocemos es, ante todo, las cosas finitas, y si éstas no tienen en sí mismas su causa o razón de ser, será necesario que exista una causa o razón suprema. Si esta causa fuera incognoscible o si no existiera, habría que declarar fracasada la empresa humana de saber y la Filosofía como ciencia de las causas últimas.
 
 
99. AGNOSTICISMO. ONTOLOGISMO. FIDEÍSMO
 
   La búsqueda de una Causa Primera que explique el ser y el obrar contingentes de todas las cosas de este mundo es precisamente la búsqueda de Dios, puesto que por Dios entendemos el ser que es causa de sí mismo y origen primero de cuanto existe.
   Sobre el problema de la existencia de Dios ha habido distintas posiciones entre los filósofos a lo largo de los tiempos.
 
   a) Algunos –muy escasos en la historia del pensamiento– niegan la posibilidad de su existencia. Son los llamados ateos. Quizá los más característicos de la historia san los modernos marxistas. Una forma especial de ateísmo es el panteísmo, que identifica a Dios con el conjunto del Universo y le niega un carácter personal y distinto del mundo. Tal es el caso de ESPINOSA (siglo XVII), que ya conocemos, y de los antiguos estoicos.
 
   b) Otros autores declaran que Dios es incognoscible, es decir, que nada podemos saber de su existencia. Son éstos los agnósticos, que no niegan que Dios exista, sino sólo el que podamos llegar a su conocimiento. Cabe citar entre ellos a KANT y a los antiguos epicúreos.
 
   c) Un tercer grupo de pensadores –el más extenso– afirma que Dios existe, y que de algún modo podemos conocerle. Pero entre ellos hay también distintas posiciones:
 
   1ª. Algunos sostienen que a Dios se le conoce de un modo directo, inmediato: que Dios se hace patente a nuestra experiencia. Son éstos los ontologistas (MALEBRANCHE, GIOBERTI, ROSMINI, entre otros). Para ellos no es precisa una demostración racional de la existencia de Dios, puesto que basta una mostración de lo que es por sí mismo evidente.
 
   2ª. Otros, los fideístas, creen que a Dios se puede llegar con fe, pero no por la razón. La fe es para ellos un modo de saber, pero no racional ni basado en la razón, sino completamente ajeno a ella. Cabe citar entre éstos a DANIEL HUET (siglo XVII) y a las corrientes que dan a la fe una fundamentación afectia o sentimental (siglo XIX).
 
   3ª. Otros, en fin, afirman que Dios no es evidente (en esta vida), pero tampoco es inasequible para la razón. Según ellos, la existencia que Dios es demostrable racionalmente. Tal es la posición ortodoxa católica. Si Dios fuera evidente (como para los ontologistas), la fe carecería de todo mérito moral; si fuera inasequible a la razón (como para agnósticos y fideístas), la teología no podría ayudarse de la razón ni ésta nos conduciría a la verdadera causa de las cosas.
 
 
100. DEMOSTRACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS
 
   Dos tipos de argumentos o demostraciones se han propuesto para demostrar la existencia de Dios: el llamado argumento a priori u ontológico, y las pruebas a posteriori. (A priori y a posteriori quiere decir antes o después de la experiencia real de las cosas.) El primero, como veremos, pretende demostrar la existencia de Dios sin más que analizar la idea de Dios, antes o aparte de toda experiencia, lo mismo que puedo demostrar que los ángulos de un triángulo vales dos rectos sin más que analizar la noción de triángulo. Los segundos llegan a Dios a partir de la experiencia de las cosas reales, que exigen la existencia de una Causa.
 
 
101. CRÍTICA DEL ARGUMENTO ONTOLÓGICO
 
   El argumento más audaz y de mayores pretensiones demostrativas que se ha concebido fue el llamado ontológico, que propuso en el siglo XI SAN ANSELMO DE CANTERBURY. Pretende demostrar la existencia de Dios basándose en el mero análisis de la idea de Dios.
   El argumento, en resumen, es como sigue:
   Poseemos la idea de un ser que reúne en sí todas las perfecciones, un ser mayor que el cual no puede pensarse otro. Esta idea la posee todo hombre; no es contradictoria (como sería <<círculo cuadrado>>, por ejemplo), porque incluso el <<insensato>> que dice <<Dios no es>>, entiende lo que quiero decir cuando digo Dios; él lo niega, <<no en su mente, sino en su corazón>>. Una cosa es existir en la mente y otra existir en la realidad; pero aquel ser que exista en la mente y en la realidad será mayor, más perfecto, mayor que el cual no puede haber otro, ese ser tiene que existir, so pena de ser un concepto contradictorio; si ese ser más perfecto no existiese, sería y no sería a la vez el más perfecto, lo que encierra contradicción.
   Este argumento impresiona por el rigor cuasi matemático con que pretende demostrar la existencia de Dios deduciéndola de su esencia. Sin embargo, no le faltaron contradictores en su misma época, y posteriormente otros filósofos (entre ellos SANTO TOMÁS) lo rechazaron como no concluyente. Su defecto estriba en considerar a la existencia como una perfección más de la esencia, cuando en realidad es algo radicalmente distinto, que no puede deducirse de ella. La esencia de un ser es la misma si existe que si es meramente posible o imaginario. El fondo metafísicoque lleva a San Anselmo a admitir este argumento es su creencia en las ideas como anteriores y superiores a las cosas mismas; esto es, en que la realidad se rige por la idea, y no la idea por la realidad.
   El monje GAUNILÓN, contemporáneo de San Anselmo, objetó ya el argumento ontológico; según él, sólo demuestra la idea de Dios, pero no a Dios mismo. SANTO TOMÁS, por su parte, señaló en tal argumento una trasposición ilícitade la suposición ideal a la suposición real del término Dios. En la Modernidad la existencia de Dios es muy semejante al de San Anselmo. KANT, más tarde, lo criticó haciendo ver cómo <<diez táleros (el taler es una moneda) reales no son más que diez tálero imaginarios>>. Esto es: no tienen más ni menos perfecciones, más ni menos céntimos. Simplemente, los táleros reales están puestos en la experiencia, y los imaginarios, no. La existencia no es una perfección más de la esencia, sino algo distinto.
   En resumen, el argumento ontológico es rechado por casi todos los filósofos en razón de que nosotros no adquirimos las ideas por contemplación o iluminación directa, sino a través de la experiencia y mediante un proceso de abstracción. No podemos, por tanto, deducir la existencia de la esencia, puesto que es la esencia la que obtenemos de la existencia.
 
 
102. LAS "CINCO VÍAS" TOMISTAS
 
   Si el argumento a priori para demostrar la existencia de Dios no resulta concluyente, dado que nuestro conocimiento arranca siempre de las cosas sensibles existentes, habremos de atenernos a las pruebas llamadas a posteriori que parten de lo que existe (de la experiencia) y a través de su análisis concluyen la necesidad de que Dios exista.
   SANTO TOMÁS DE AQUINO redujo a cinco los argumentos a posteriori para probar la existencia de Dios. Desde entonces estos argumentos se conocen por las cinco vías.
   Cada uno de los argumentos o vías consta de tres premisas distintas y una conclusión.
   Todas ellas parten de la consideración de las cosas creadas y existentes (por ello son vías a posteriori). Pero en las cosas creadas –o sea, en el mundo– se pueden considerar aspectos distintos, cada uno de los cuales sirve de base para una diferente vía:
 
Primer argumento o prueba de movimiento:
 
   a) Es patente (patet, dice SANTO TOMÁS) que las cosas que nos rodean se mueven, cambian. Al hablar de movimiento en filosofía no se trata sólo del movimiento local o cambio de lugar en el espacio, sino también del cambio cuantitativo (aumento o disminución), del cambio cualitativo (variación en los otros accidentes de un ser cuya sustancia permanece), o del cambio sustancial (en el que brota una nueva sustancia de una materia preexistente).
 
   b) Pero todo lo que se mueve es movido por otro; es decir, nada se comunica el movimiento a sí mismo, al menos de un modo radical o absoluto. Si hemos dicho (núm. 56) que moverse o cambiar es pasar de la potencia al acto, esto es, adquirir un modo de ser que no se tenía todavía, resultará evidente que nada puede otorgárselo a sí mismo, puesto que nada da lo que no tiene. Pensar cosa distinta negaría el principio de razón suficiente y aun el de identidad (núm. 40).
 
   c) No cabe, por otra parte, suponer una serie o cadena infinita de motores sucesivos. Ello supondría la no existencia de un primer motor; pero, por lo mismo, también la de un segundo motor, y la de un tercero…, y la de éste que estamos viendo aquí moverse. Una serie infinita de móviles que se muevan por otro igualmente movido es tan inexplicable como un móvil solo.
 
   d) Luego ha de llegar a un Primer Motor Inmóvil, origen último de todo movimiento, acto puro, que es a lo que llamamos Dios.
 
Segundo argumento o prueba de la causalidad:
 
   a) Es patente en la experiencia que nos rodea un orden de causas eficientes, del que resulta que unos seres son causas (es decir, influyen con su acción en la producción) de otros.
 
   b) Pero toda causa es, a su vez, causada, puesto que no es causa de sí y depende en su ser y existir de otra causa superior.
 
   c) Y no cabe tampoco remontarse a una cadena infine de causas, porque, no habiendo una causa primera, no habrá tampoco una causa segunda…, ni ésta que vemos aquí ejerciendo su influjo causal.
 
   d) Luego es preciso admitir una Causa Primera, causa de sí o causa incausada, a la cual llamamos Dios.
 
Tercer argumento, o prueba de la contingencia:
 
   a) Cuantos seres nos rodean se nos presentan como contingentes; es decir, con una esencia a la que no repugna el no existir, puesto que vemos cómo se producen y se corrompen, nacen y mueren. Contingente es lo que existe, pero podría no existir; que no se explica por sí. El ser contingente existe, tiene existencia; tiene también esencia, pues se diferencia de los demás seres. Pero no existe por virtud de su esencia; ésta es indiferente para existir o no, exige la existencia.
 
   b) Pero los seres contingentes, que no encuentran en sí la razón de su existir, deben encontrarla en otro ser distinto de ellos mismos.
 
   c) Y no cabe suponer una serie infinita de seres contingentes, razón de ser unos de otros. Pues tal serie resultaría tan contingente como un ser sólo y tan necesitada de razón de ser.
 
   d) Luego es preciso admitir un Ser Necesario, que exista por sí, para explicar la existencia de cada ser contingente y de la suma de ellos.
 
Cuarto argumento, o prueba de los grados distintos de perfección:
 
   a) Es manifiesto que los seres que nos rodean ofrecen perfecciones concretas en mayor o menor grado. Unos posee mayor bondad, belleza, inteligencia, etc., que otros.
 
   b) Pero los grados de perfección no se conciben ni explican sino por referencia a una perfección absoluta en su género, esto es, la Bondad, la Belleza o la Inteligencia absolutas, de las que aquellas perfecciones parciales y relativas participan.
 
   c) Pero tales perfecciones en su grado infinito se incluyen e identifican en un Ser Supremo infinitamente perfecto.
 
   d) Luego ha de existir ese ser Perfercción suma e infinita, al cual llamamos Dios.
 
Quinto argumento, o prueba de las causas finales:
 
   a) Otro aspecto, en fin, que nos ofrece la realidad de las cosas naturales es el de un conjunto ordenador de seres que tienden unos a otros según un principio de finalidady armonía.
 
   b) Pero toda tendencia ordenada requiere un fin o causa final, al cual se ordena y dirige.
 
   c) Y no cabe tampoco proceder al infinito en la cadena de los fines, puesto que, si no hubiera un fin supremo, no existirían fines medios ni éste que vemos ejercer aquí su atractivo finalista.
 
   d) Luego ha de existir un Fin Supremo, razón y origen de todo orden y tendencia, al cual llamamos Dios.
 
   La cuarta vía, referente a los grados de perfección, responde a una inspiración agustiniana y platónica que no está nunca ausente del pensamento tomista, aunque predomine en él la concepción aristotélica. Aparecen en ella las perfecciones del mundo como lejana participación o rastro de la Perfección divina, con rasgos o huellas que nos elevan, por vestigio y por imagen, a la contemplación de Dios.
   La quinta vía, aunque no conlleva una certeza absoluta o metafísica en su premisa mayor, es quizá la que más inmediatamente convence al sentido común humano. No puede negarse –es cierto– que el mundo en que vivimos, la disposición de sus elementos y de sus fuerzas, es una de las innumerables combinaciones posibles dentro de un puro azar combinatorio. Pero si rechazaríamos como irreal la hipótesis de que cualquiera de los objetos manufacturados que nos rodean se hubiera formado por modo fortuito, nos resultaría infinitamente más inconcebible la génesis no teleológica (o finalista) de un universo como el nuestro, cuya armonía y flexible ordenación aparece desde el más pequeño al más amplio de sus elementos.
 
 
103. PRUEBA DE LA CONTINGENCIA. SU VALOR ESPECIAL
 
   De las cinco vías o pruebas tomistas, la tercera tiene un valor especial, porque parte de reconocer a las cosas de este mundo –y a nosotros con ellas– como contingentes, es decir, como indiferentes para existir o no existir, y necesitados, por lo tanto, de una causa necesaria. Y nos eleva a la noción de Dios como distinto del mundo y Ser por sí mismo (a se), lo que coincide con la definición que Dios dio de sí mismo a Moisés: <<Yo soy el que soy>> (el que es por si mismo, a diferencia de los demás seres, que son por otro).

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