Curso de Filosofía elemental (20)

XX
 
Naturaleza y atributos de Dios
 
 
 
104. CONOCIMIENTO ANALÓGICO DE DIOS
 
   A través de las <<cinco vías>> tomistas o demostración a posteriori hemos llegado a la existencia de un Ser origen de cuanto existe –Dios– al que las mismas vías han caracterizado como Primer Motor, Causa Primera, Ser Necesario, Ser perfectísimo y Fin Último. Dado que por esas características se nos muestran tan sólo aspectos de su relación con el mundo creado, procede que ahora nos preguntemos: ¿Cómo será Dios en sí mismo, cuál su naturaleza?
   Ha habido autores, como sabemos (núm.99), que han negado la posibilidad de todo conocimiento sobre Dios, incluso sobre su existencia: éstos eran los agnósticos. Otros afirman que de Dios sólo podemos saber que es, que existe, pero nada sobre su esencia o naturaleza porque ésta se encuentra por encima de todos nuestros conceptos y ninguna noción puede alcanzar nuestro entendimiento sobre el ser de Dios. Tal fue la opinión PLOTINO (siglo II), que veía en Dios la suprema e incognoscible Unidad. Para otros, en fin, el saber sobre Dios es posible por la fe (fideistas) o por el sentimiento (modernismo), pero no por la razón.
   Sin embargo, en la medida en que nuestros conceptos sobre ser son analógicos (núm. 19), podemos establecer propiedades que, encontradas en los seres finitos con carácter de perfección positiva, han de hallarse también en la Causa de ellos, aunque de un modo especial. A partir del conocmiento de los seres finitos podmeos así elevarnos al conocimiento de los atributos de Dios por tres métodos distintos:
 
   A) El método de negación (vía negativa): Po él negamos de Dios todo lo que signifique imperfección en los seres de este mundo. Por ejemplo, la materialidad, o la memoria, que implica un ser sucesivo.
 
   B) El método de atribución (vía positiva): Por él aplicamos a Dios las perfecciones reales que encontramos en los seres creados (la vida, la bondad, el poder…).
 
   C) El método de sublimación (vía de eminencia): Por él elevamos a grado infinito esas mismas perfecciones que a El atribuimos.
 
   Sin embargo, la noción de Dios que obtenemos por estos métodos será siempre meramente analógica e impropia. A nuestra razón le parece, por ejemplo, que la misericordia infinita y la infinita jse excluyen mutuamente; es decir, que no pueden darse en un mismo sujeto. Sin embargo, en Dios no sólo han de ser compatibles, sino que deben coincidir hasta fundirse en una y sola realidad, ya que Dios es simple y no admite composición en su ser.
   Cabe entonces tratar de encontrar un fundamento a esas diversas perfecciones por las que nuestra mente se acerca al ser de Dios, esto es, alguna que sea como el origen y causa de las demás, lo que se llama en filosofía el constitutivo formal o esencia metafísica.
   Existen distintas teorías entre los teólogos sobre este problema del constitutivo formal de Dios. Según una, este constitutivo radica en la infinitud; para otra estriba en la aseidad, y para una tercera consiste en el entender subsistente.
   La primera teoría ha sido defendida principalmente por DUNS ESCOTO (1270-1308), figura cumbre de la escuela franciscana. Según él, la infinitud radical es la condición previa a cualquier otro atributo que pueda convenir a Dios, pues solamente en grado infinito puede serle atribuido a Dios cualquier perfección. Dios posee todos los atributos en grado infinito, precisamente porque es radicalmente infinito.  
   Puede objetarse, sin embargo, a Escoto que la infinitud no es un concepto radical ni algo sustantivo, sino que afecta a un sujeto previo. Primero concebimos a un ser; después de determinamos como finito o infinito. El motivo de que un ser sea finito (o infinito) no reside en la finitud o infinitud misma sino en alguna razón metafísica que lo afecte.
   La segunda teoría sostiene que la esencia de Dios reside en su aseidad; es decir, en que es un ser por sí mismo (a-se), a diferencia del ser de las demás cosas, que es ab alio (por tro); es decir, debido precisamente a que Dios les ha otorgado el ser y les mantiene en él. Mientras que la existencia de los seres creados se debe a que una causa distinta de ellos mismos les otorga el ser determinadamente a una esencia concreta (de forma tal que los seres finitos no tienen el ser por sí, sino por participación), la existencia de Dios se debe a sí misma, no depende de otro ser. Por ello, la mejor definición de Dios es, como dijimos, la que consta en el Génesis: Yo soy el que soy (el que es por sí mismo, no por otro). Esta doctrina de la  aseidad como constitutivo formal de Dios se encuentra en Santo Tomás de Aquino.
   La tercera teoría sostiene que la esencia de Dios reside en el entender subsistente. El entender es una actividad que resulta de la plenitud del ser en acto: a medida que un ser posee mayor perfección se aproxima más al entendimiento. Por ello la materia no puede entender, pues la materia es pura potencialidad, menor plenitud de ser. Ahora bien, en la medida en que todos los seres finitos tienen en su ser una mezcla de potencialidad, su entender es imperfecto y supone siempre una distinción entre el sujeto, que entiende, y la operación de enteder, así como entre ésta y el objeto etendido. Pero en Dios, que es acto puro, sin mezcla de potencia, el entender será también absoluto y pleno, sin estas distinciones. Por ello se dice que Dios es el entender subsistente (noesis noeseos, en la opinión de Aristóteles); es decir, un entender que no se apoya en un sujeto distinto ni se refiere tampoco a un distinto objeto, sino que subsiste en sí mismo, en una realidad pura y perfecta.
 
 
105. LOS ATRIBUTOS DIVINOS
 
   Las perfecciones o atributos divinos suelen dividirse en dos grupos:
 
   a) Atributos entitativos, que son aquellos que se refieren a Dios en tanto se le considera como esencia o ser en sí mismo.
 
   b) Atributos operativos, aquellos que se refieren a Dios en tanto se le considera como principio de actividad; esto es, como naturaleza.
 
   En realidad, la distinción entre la esencia y la naturaleza divina es sólo una distinción de razón, pues en Dios no cabe introducir una distinción semejante. Dada su simplicidad, la esencia y naturaleza, el ser y la actividad de Dios son exactamente la misma realidad. Pero en los seres finitos que nosotros conocemos hay una cierta distinción, y sobre ella nos apoyamos para organizar y clasificar nuestro conocimiento de los atributos divinos.
   Entre los atributos entitativos tenemos: la simplicidad, la infinitud, la unicidad y la eternidad.
   Los atributos operativos se dividen en dos grupos, según las operaciones sean inmanentes a Dios mismo (operaciones ad intra), o afecten a un término exterior (operaciones ad extra). Entre los primeros, la ciencia y la voluntad divinas. Entre los segundos, la creación, la conservación y la providencia del mundo, manifestaciones de la potencia o poder divino.
 
 
106. SIMPLICIDAD, INFINITUD, UNICIDAD, INMUTABILIDAD Y ETERNIDAD DE DIOS
 
   1.º La simplicidad: Dios es simple porque carece de composición no sólo de partes extensas que son propias del ser material, sino de dualidad de esencia y existencia (ya que su ser –o esencia– es precisamente existir); de composición de potencia y acto (ya que Dios es acto puro, sin mezcla de potencia o capacidad de ser); de composición de sustancia y accidente (ya que Dios es plenitud de ser a la que no puede añadirse o advenir –accidente– nada distinto de su mismo ser).
 
   2º. La infinitud: Dios no puede tener límites o fines (finitud); esto es, ha de ser infinito. La limitación procede en los seres creados de su esencia, que les constituye como un tipo determinado de ser y es raíz de sus posibilidades y tendencias, propias siempre de ese tipo de ser. Una segunda limitación procede –en los seres materiales– de la materia en que se realiza, que lo concreta o individúa. En Dios no existe ninguna de estas limitaciones, ya que no posee materia, y su esencia es el mismo existir, pleno, no condicionado o circunscrito a unas determinaciones esenciales. La infinitud de Dios no se ve contrariada por la existencia de un mundo de seres distintos de El (las criaturas), ya que éstas, creadas por Dios como veremos (producidas de la nada), de pende en todo su ser y actuar de El mismo.
 
   3º. La unicidad: Dios por ser simple ha de ser uno. Si hubiese varios dioses tendrían que distinguirse de algún modo; luego alguno de ellos debería tener algo de lo cual carecería el otro, lo que es incompatible con la infinitud divina.
 
   4º. La inmutabilidad: Por ser simple, Dios ha de ser inmóvil e inmutable. Al carecer Dios de potencia no puede moverse, ya que el movimiento es el tránsito de la potencia al acto. Moverse implica imperfección, caracer de algo.
 
   5º. La eternidad: Dios es eterno. La eternidad no es sólo una duración sin principio ni fin, sino también una duración en la cual no existen momentos que se suceden y pasan, sino que, en una pura compenetración, todo el ser es dado y vivido a la vez. BOECIO (480-524) definió la eternidad como <<interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio>>
 
 
 
XXI
 
Dios y el mundo
 
 
 
107. DIOS Y EL MUNDO
 
   Concebimos a Dios como supremamente activo, pues por el método de atribución y de eminencia hemos de considrar la actividad vital como una perfección positiva de los seres que la poseen sobre los que carcen de ella. La vida de Dios no es, sin embargo, el tránsito de la potencia al acto (movimiento) de las criaturas vivas, sino una actividad espontánea e inmanente que se confunde con la esencia divina. Las operaciones vitales de Dios son las de los seres espirituales: entendimiento (ciencia) y voluntad.
   Cuando consideramos a Dios como actividad pura, potencia activa, Dios no se muestra como omnipotente, pues todo lo que no es contradictorio está sujeto al poder de Dios.
   La potencia divina respecto al undo se nos presenta según tres aspectos principales:
 
   a) Como creadora, en tanto que es la causa total del mundo, que ha producido de la nada.
  
   b) Como conservadora, en tanto que mantiene en la existencia al mundo que ha creado.
 
   c) Como providencial, en tanto que Dios no sólo presta a las causas del mundo la energía necesaria para que actúen, sin que también ordena a todos los seres y especialmente la vida del hombre dentro de un plan o fin general.
 
 
108. NOCIÓN DE CREACIÓN
 
   Las pruebas a posteriori de la existencia divina nos mostraron a Dios como Causa Primera, Primer Moto, etc., de los seres de nuestra experiencia. El mundo, pues, no existe por sí (es contingente), y tampoco puede haber brotado de la sustancia divina (panteísmo emanatista), porque tal hipótesis contradice la simplicidad del ser de Dios, y en su caso las cosas de este mundo tendrían los atributos de la divinidad. El mundo, en consecuencia, ha tenido que ser creado por Dios, esto es, producido por El de la nada (ex nihilo), sin materia alguna preexistente.
   La creación es un modo de causalidad, pero un modo de causar radical y absoluto, propio sólo de Dios.
   Mientras que las causas eficientes ordinarias ponen en la existencia a un ser que preexistía en potencia en un sujeto anterior –por lo cual la función de la causa eficiente consiste en hacer que lo que estaba en potencia pase al acto–, la causa eficiente creadora confiere la existencia a un ser que no preexistía potencialmente en ningún sujeto previo.
 
 
109. CONSERVACIÓN DEL MUNDO
 
   Entendemos por conservación el influjo constante de Dios sobre las cosas creadas por cuya virtud se mantienen éstas en la existencia. Podría pensarse que la permanencia de los seres depende del acto inicial de su creación por el cual Dios les confirió la existencia. Pero para ello sería necesario que los seres creados hubieran asumido la existencia com osu propia esencia (por sí), lo que los igualaría a Dios. Si los seres creados son radicalmente contingentes, esto es, s su existir es siempre exterior a su esencia (a aquello que son) y recibido de Otro, ha de resultarles necesaria una constante comunicación del ser que poseen por parte de Aquel que se lo ha conferido. La falta de acción conservadora por parte de Dios entrañaría la anquilación de la criatura; es decir, su retorno a la nada, de donde la acción creadora la sacó. Por esto se dice que la conservación es <<una creación continuada>>.
 
 
110. LA PROVIDENCIA DIVINA
 
   La providencia es la acción divina en cuya virtud Dios dispone que los seres de este mundo actúen dentro de la ley general que preside el mundo o Cosmos (Universo ordenado). No es lo mismo la providecia que la Ley divina. La Ley expresa la ordenación general del Cosmos; la providencia es el acto que impera o manda el cumplimiento de esa Ley.
   La providencia, como acto de la voluntad y del amor divinos, es eterna como Dios mismo, pero su realización se acomoda a la temporalidad o ser sucesivo de las criaturas. La providencia explica la posibilidad del milagro, que es una suspensión de las leyes naturales que rigen el Universo, excepción asequible al poder divino (no contradictoria) y ordenada al gobierno del mundo.
   De esta providencia, mediante la cual Dios gobierna al mundo, se destaca la providencia especial con que Dios ordena la vida de los hombres. Mediante ella, sin forzar su libertad o albedrío, dispone las circunstancias del modo más favorable para el cumplimiento de su destino y pra su salvación. SÉNECA, en la antigüedad romana, aun sin ser cristiano, admitió ya esta especie de tutela personal de Dios sobre la vida de cada hombre.
 
 
111. EL PROBLEMA DEL MAL EN EL MUNDO
 
   La providencia o gobierno de Dios sobre el mundo y sus criaturas plantea el problema teológico de la existencia del mal en el mundo. Si Dios ha querido desde la eternidad un orden del universo, ¿cómo será compatible el mal existente con su sabiduría y bondad infinitas? ¿Cómo permite Dios el mal siendo providente?
   A este problema, difícil para la mente humana, han dado los teólogos y filósofos diversas soluciones:
   La primera es suponer que el mal existe sólo en la mínima proporción indispensable para que resalte la máxima cantidad de bien posible. El mal sería para esta teoría como el fondo oscuro de un cuadro, necesario para que se aprecien en él la luz y los colores. Propuso esta teoría LEIBNIZ, bajo el nombre de <<optimismo universal>>. Según ella, este mundo será <<el mejor de los mundos posibles>>, y por eso ha sido elegido por Dios en su previsión. El mal, como condición del bien, sólo en apariencia podrá considerarse verdadero mal.
   Una segunda solución consiste en admitir la existencia del mal como realidad positiva, pero referir su origen, no a Dios, sino a un principio maligno en lucha con Dios. Es doctrina de ciertas religiones orientales (Zoroastro) y del maniqueísmo. Esta posición es absurda, porque atenta contra la omnipotencia divina y no se concilia con la infinitud y unicidad de Dios.
   Una tercera solución, en fin, admitirá la realidad del mal, pero no como entidad positiva, sino como una entidad privativa. Según esta solución, el mal existe; no es un mero elemento del bien conjunto. Pero no existe de un modo positivo, sino de un modo privativo: como privación de la perfección debida a un ser. Por consiguiente, Dios no es la causa del mal, pues Dios es sólo causa de lo que es, no de lo que no es. Pero el mal es eficaz, no por sí mismo, sino por el ser del que es como parásito. Por consiguiente, en la medida que el ser afectado de privaciones sea más poderoso, el mal será también más temible. De aquí que el mal moral sea una mutilación de consecuencias mucho más temibles que el mal físico. Si la providencia, con todo, permite estas privaciones es para ordenarlas a un bien superior; por ejemplo, el pecado es permitido en gracia a la libertad del hombre y a sus posibilidades libres de salvación.
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