Curso de Filosofía elemental (23)

XXV
 
La ley moral
 
 
 
127. LA LEY COMO EXPRESIÓN DE LA NORMA MORAL
 
   Hemos determinado ya qué son actos morales y quién es el sujeto de los mismos; hemos averiguado también cuál es el fin último objetivo y subjetivo del hombre. Debemos ahora preguntarnos cuál será el camino a través del cual ese sujeto moral (el hombre) podrá dirigirse a ese fin supremo (Dios) mediante su actuación moral. En otras palabras: ¿A qué debe conformar sus actos para alcanzar su fin? ¿Cuál ha de ser la norma de moralidad que los guíe y oriente moralmente?
   Llamamos norma de moralidad a la regla o medida mediante la cual el sujeto pueda reconocer sus actos como buenos o malos, según que se conformen o no con ella.
   La norma de moralidad es doble: objetiva y subjetiva. Es norma objetiva de moralidad la ley moral; es decir, la ordenación preceptiva que rige sobre la actuación del hombre en relación con sus distintos fines dentro del orden general de la creación. Es norma subjetiva la conciencia moral del hombre, luz del alma, donde está como impresa la ley moral, y mediante la cual se aplica ésta a los distintos casos o circunstancias de la vida moral.
 
 
128. CONCEPTO DE LA LEY EN GENERAL. LA LEY EN LA NATURALEZA, EN NOSOTROS MISMOS, EN LAS RELACIONES HUMANAS
 
   La ley es definida por SANTO TOMÁS como <<una cierta ordenación de la razón encaminada al bien común, promulgada por aquel que está al frente de la comunidad>> (<<Ordinatio rationis ad bonum commune ab eo, qui curam communitatis habet, promulgata.>>) Esta significación amplísima de la ley comprende también a los seres irracionales en cuanto sometidos al orden general del Cosmos, que es la comunidad de todos los seres bajo la ordenación de Dios. En este sentido hablamos de leyes físicas, mecánicas o químicas. Pero sólo cuando se aplica a los seres racionales la ley se llama propiamente moral, siendo su efecto propio la obligación.
   Al decir ordenación de la razón se entiende que la ley es fundamentalmente un producto de la razón. Pues ordenar los medios hacia el fin es labor racional. Distinguimos así la ley de una orden caprichosa o absurda. Al decir encaminada a bien común distinguimos la ley de la disposición arbitraria e injusta, y también del mero precepto. Mientras el mero precepto es una orden que sólo mantiene su vigor mientras vive y lo sostiene aquel que lo ha mandado en orden a un caso o circunstancias muy concretas, extinguiéndose al cesar estas condiciones (por ejemplo, la orden del señor a su criado de despertarle a las nueve de la mañana), la ley mantiene su estabilidad aunque el legislador muera, como exige la estabilidad a la cual regula.
   Al decir promulgada queremos decir manifiesta, hecha pública; ninguna ley puede cumplirse si no es de alguna manera manifestda por el que está al frente de la comunidad. Pues la ley es una regla por la cual los súbditos se mueven hacia un fin que ha de ser manifestado a éstos o promulgado. Al decir, en fin, por aquel que tiene el cuidado (o está al frente) de la comunidad, significamos que la ley ha de proceder de la autoriad legítima que rige la comunidad de seres de que se trate.
   Se divide la ley en ley eterna (de toda la naturaleza), ley natural o ley moral (en nosotros mismos) y ley positiva (en las relaciones humanas).
 
 
129. LA LEY ETERNA
 
   La ley eterna es la misma razón o entendimiento divino, en tanto que estatuye reglas universales para el gobierno del mundo. Su efecto es el orden que preside el Cosmos, al cual obedecen de forma diversa todos los seres animados e inanimados, desde los astros en su movimientos hasta el hombre. La ley eterna implica el acto de la voluntad divina por el cual se crea el mundo conforme a esta ley. Según la clásica definición de SAN AGUSTÍN, la ley eterna es: <<Ratio vel voluntas Dei ordinem naturalem conservari jubens, perturbari vetans>> (la razón o la voluntad de Dios mandando observar el orden natural y prohibiendo perturbarlo).
 
 
130. LA LEY NATURAL
 
   Llámase ley natural a la participación de la ley eterna en la criatura racional (participatio legis aeternae in rationali creatua, según Santo Tomás). Es decir, la misma ley divina que, referente al Universo en general se llama ley eterna, recibe el nombre de ley natural en la parte que regula a la criatura racional.
   La ley natural es ya propiamente moral por dirigirse a seres racionales y libres capaces físicamente de cumplirla o violarla, a diferencia de la parte de la ley eterna referente a las criaturas no humanas, que se cumple necesariamente, sea ciegamente por la naturaleza inerte, sea instintiva o determinadamente por los animales.
   La ley natural, como parte de la eterna, es también divina; es decir, procedente de Dios como legislador. Como toda ley, ha sido promulgada o dada a conocer a aquellos seres (conscientes y libres) a quienes va dirigida. La ley natural, sin embargo, no se halla escrita o transmitida verbalmente en formulaciones concretas. Su misma amplitud y generalidad haría imposible esta formulación. Se encuentra, en cambio, impresa en la conciencia de todos los hombres, por modo tal que aun el hombre más rudo o ignorante sabe espontáneamente por su conciencia de la bondad o malicia de los actos que realiza. La formulación más completa y perfecta de los conceptos básicos de la ley moral natural es el Decálogo, dado por el mismo Dios a Moisés.
   Hay escuelas filosóficas que no admiten la existencia de una ley natural o ley divina reflejada en la naturaleza humana. Entre ellas, el positivismo y, en general, las escuelas empiristas. Para ellas sólo existen en el hombre inclinaciones más o menos persistentes a obrar en un sentido, pero variables con los tiempos y los países. La única ley efetiva y real para estas escuelas es la ley positiva humana.
   Sin embargo, la existencia de la ley natural se hace patente en la constante y universal aceptación por parte de los hombres de ciertas normas y principios que, aunque desviados u oscurecidos en ocasiones, no dejan de presidir sus vidas en todo tiempo y lugar. Por otra parte, hombres que no respetan y procuran eludir la ley positiva de su país o ambiente, acatan, sin embargo, en su conducta normas de honestidad o lealtad que consideran válidas por sí mismas, inviolables.
 
   Son propiedades de la ley natural:
   a) Su universalidad: la ley tiene un ámbito universal no sólo por razón de su origen, que es Dios, y de su fundamento, que es la naturaleza racional, común a todos los hombres, sino también por razón de su promulgación: los preceptos más generales de la ley natural son patentes a todos los hombres por estar impresos en la conciencia moral humana.
   b) Su inmutabilidad: la ley moral natural es inalterable, tanto considerada intrínseca como extrínsecamente. Una ley cambia intrínsecamente cuando por sí misma viene a resultar inútil o nociva. Cambia extrínsecamente cuando llega a ser levantada, total o parcialmente, por la autoridad de quien procede. Ninguno de estos modos de cambio afectan a la ley natural.
 
 
131. LA LEY POSITIVA HUMANA
 
   La ley natural no es suficiente, muy a menudo, para regular en concreto la vida de los hombres, tanto social como individual, por consistir en principios muy generales que requieren ser adaptados a la vida concreta. La ley natural contiene muchos casos, pero de un modo indeterminado. Prescribe, por ejemplo, que los delitos deben ser penados por la autoridad, pero no determina la pena ni el procedimiento de juzgarlos.
   La ley positiva, que promulga el gobernante humano para la comunidad o el grupo de hombres que rige, viene a ser así un desarrollo o concreción de la ley natural. Es de ley natural, por ejemplo, que en una sociedad cualquiera reciban asistencia los desvalidos, ancianos, etc. Este precepto se cumple, sin embargo, de diverso modo en los distintos países y épocas: en unos, por ejemplo, mediante instituciones de beneficiencia que se sostienen de contribuciones generales; en otros, a través de seguros sociales mediante descuentos en los salarios: son dos concreciones diversas, igualmente legítimas, de una sola ley natural.
   La ley positiva puede ser eclesiástica o civil, según que rija una sociedad humana de fines sobrenaturales (como es la Iglesia) o una sociedad de fines naturales (sociedad civil).
   Para que la ley positiv obligue en conciencia debe reunir tres condiciones, faltando alguna de las cuales perde su obligatoriedad: ha de ser honesta, es decir, que no repugne a una ley más alta, natural o positiva; justa, es decir, que tienda al bien común, que es su verdadero fin, y posible, esto es, que pueda cumplirse física y moralmente.
   Estas y otras condiciones que debe reunir la ley positiva fueron ya señaladas por SAN ISIDRO DE SEVILLA en la siguiente sentencia de sus Etimologías: Erit autem lex honesta, justa, possibilis, secundum naturam, secundum consuetudinem patriae, loco temporique conveniens, necessaria, utilis, manifesta quoque, ne aliquid propter obscuritatem in captione contineat, nullo privato commodo, sed pro communi uilitate civium scripta.
 
 
 
XXVI
 
La conciencia moral
 
 
132. LA CONCIENCIA MORAL COMO NORMA SUBJETIVA DE MORALIDAD
 
   En lenguaje vulgar llamamos conciencia a la conciencia moral por la cual nos damos cuenta de la bondad o malicia de nuestros actos o intenciones. Así, cuando decimos de alguien que <<no tiene conciencia>> o que <<nos remuerde la conciencia>>. También en el lenguaje común usamos un término más amplio —consciencia— para significar el puro <<darse cuenta>> o poseer conocimiento reflexivo de uno mismo y de su actividad psíquica. Así, cuando decimos de alguien que <<está inconsciente>> o de nosotros que <<somos conscientes de lo que sucede>>. En estas expresiones nos referimos a la conciencia psicológica en general, y en la primera, a la conciencia moral, que es aquella parte de la conciencia psicológica que se refiere al obrar, y emite juicios prácticos acerca de la bondad o malicia de los actos humanos.
   Este juicio práctico sobre la honestidad o rectitud de los actos supone establecer una relación entre el objeto del acto y la norma objetiva (o ley) de su moralidad. Esta relación sólo puede establecerla el entendimiento, por lo cual es ésta la facultad que actúa en la conciencia, o, más exactamente, el entendimiento práctico o referido a la acción.
   La conciencia moral puede ser antecedente o consecuente, según que juzgue los actos futuros acticipadamente o los pasados retrospectivamente.
   Si la ley, como expresión de la voluntad divina, es la norma objetiva de moralidad, la conciencia o acto del entendimiento que nos informa interiormente de la bondad o malicia de nuestras acciones libres es la norma subjetiva que ha de regular nuestra conducta.
   Los escolásticos distinguían entre la conciencia y un hábito del entendimiento práctico para conocer los primeros y más generales principios de la vida moral al modo como el entendimiento especulativo conoce fácilmente los primeros principios del ser. A este hábito llamaron sindéresis, y reservaron el nombre de conciencia moral a la aplicación de esos principios morales a las situaciones concretas de la vida personal.
 
 
133. FUNCIONES DE LA CONCIENCIA MORAL
 
   Si la conciencia moral es un darse cuenta de los actos que realizamos en su relación con las máximas y principios morales, esta iluminación seguirá los tres momentos del desarrollo temporal en que la acción se realiza: presente, pasado y futuro.
   Con respecto a nuestro presente activo, la conciencia testifica la realidad moral del acto que realizamos y la intención buena o mala que en nosotros lo presidió. Con respecto al futuro, la acción por realizar, la conciencia nos liga u obliga, es decir, nos ata en razón de la norma o ley moral, instigándonos a su realización o retrayéndonos de ella. En relación con el pasado, en fin, la conciencia juzga el valor moral de lo hecho, excusándonos o remordiéndonos. En frase de Santo Tomás, los cometidos de la conciencia moral se resumen de este modo: Dicitur enim conscientia testificari, ligare vel instigare, vel etiam accusare, vel etiam remordere sive reprehendere.
 
 
134. SITUACIONES DE LA CONCIENCIA MORAL
 
   Los juicios de la conciencia, como actos que son de un entendimiento humano personal, no siempre expresan con pleno rigor y lucidez los dictados de la ley moral aplicados a una situación concreta. Este carácter psicológico e individual de la conciencia determina en ella una diversidad de estados o situaciones posibls en su relación con la verdad, en su claridad interior y en su habituación.
 
   1º. Por razón de la conformidad del juicio con el verdadero valor moral del acto, la conciencia se divide en recta y errónea. Esta última se divide, a su vez, en invencible y en venciblemente errónea. En la invenciblemente errónea, el sujeto deduce su juicio de principios falsos que él tiene por verdaderos, y que, por la situación intelectual o en el ambiente en que se encuentra, no puede dejar de tener por tales. En la segunda, el sujeto podría rectificar su juicio examinando con prudencia los principios de que parte a la luz de su razón o de sus conocimientos.
   2º. En razón de la firmeza o seguridad con que el sujeto asiente al dictado de su conciencia, puede ésta ser cierta o dudosa. En la primera se da en él una adhesión plena, sin temor a errar (lo que no supone que tal conciencia sea de suyo recta o verdadera). En la segunda, el sujeto carece de esa seguridad, vacila. Dentro de ella caben dos estados: la conciencia perpleja y la probable. En la primera, el sujeto no puede decidirse por ninguno de los términos de su duda, sea porque carezca de razón alguna en favor de uno sobre los otros, sea porque las razones se contrapesan. En la probable, en cambio, el sujeto, sin dedar de dudar (sin estar cierto), se inclina por uno de los términos de su disyuntiva por ver en él mayores probabilidades de acierto moral. También la conciencia dudosa puede serlo vencible o invenciblemente, según que el sujeto pueda o no salir de ella.
   3º. Por razón del hábito creado en la conciencia personal por su práctica de juzgar moralmente, cabe distinguir la conciencia laxa, la rigurosa y la escrupulosa. La primera se produce en algunos sujetos por una atrofia de su ejercicio en aplicar las normas morales a los casos prácticos de su propia conducta o de la ajena. La conciencia laxa llega a no advertir el mal en los actos morales o a advertirlo sólo cuando alcanza grados extremos de gravedad. Conciencia rigurosa es aquella que traduce con la debida exactitud y prudencia las leyes morales a la conducta personal. Conciencia escrupulosa es, en fin, la que por un hábito hipertrofiado de juzgar escudriña en el sentido de los actos y en las intenciones hasta dudar siempre de su licitud moral. Tanto la conciencia laxa como la escrupulosa se producen por una falta de prudencia, que es la virtud reguladora del entendimiento, que debe mantenerlo en un recto término medio y en una tensión interior alejada por igual del exceso y del defecto.
 
 
135. FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA. CAUSÍSTICA MORAL*
 
   El estudio de los distintos estados y situaciones en que puede encontrarse la conciencia nos conduce a la fijación de varias normas a las quedebe atenerse ésta al emitir sus juicios prácticos sobre el obrar moral. Ellas pueden contribuir a que el sujeto forme su conciencia o, al menos, un criterio firme de valoración moral, ya que la resolución del caso concreto es siempre asunto personal, intransferible, que no puede reducirse a un sistema de fórmus de validez general. Hay personas de conciencia, de recto y claro criterio moral, a las que suele acudirse en busca de consejo, y que, a veces, no poseen grandes conocimientos éticos ni de ningún otro género; y existen también hombres cultos y versados en estas cuestiones que carecen de sensibilidad y criterio para dilucidar el caso concreto, porque no han llegado a formar su conciencia en la práctica y en la habituación.
   Entre estas reglas de enjuiciamiento moral, útiles para la formación de la conciencia, señalamos las siguientes:
 
   1ª. Es obligatorio seguir el dictamen de la conciencia cierta tanto si es recta como si es invenciblemente errónea, dado que son indiscenibles para el sujeto.
   2ª. No obra rectamente el que sigue el dictado de la conciencia venciblemente errónea, puesto que ésta nace de una negligencia del sujeto para examinar lo que debe o para asesorarse sobre ello.
   3ª. Existe disparidad entre las diversas escuelas morales sobre la regla general válida en caso de conciencia invenciblemente dudosa. En una situación en que el sujeto dude la licitud de una acción o de la opción entre varios partidos, y la urgencia del caso le impida asesorarse o, habiéndolo hecho, persista la duda, ¿puede actuar o debe inhibir la acción? En el caso de una disyunción, ¿qué partido ha de tomar? La escuela moral llamada tuciorismo (de tutus, seguro) contesta: no es lícito actuar si no se está seguro de la licitud del acto; debe inhibirse la acción siempre que exista duda. Esta escuela, la más rigurosa, carece hoy prácticamente de seguidores. Otra escuela, el probabiliorismo (de probabilior, más probable) responde que en caso de duda invencible se puede actuar en el sentido de la mayor probabilidad. Otra, en fin, el probabilismo, estima lícita la acción en cualesquiera de las direcciones probables (probables en conciencia, naturalmente), aun cuando haya alguna más probable en la opinión del sujeto Este parecer, el más tolerante de todos, niega licitud a la acción en tales condiciones cuando se trata de casos graves para la salvación del alma o para los intereses esenciales de una persona, exigiendo como moral en tales casos el partido de la mayor probabilidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s